Monday, November 05, 2007

Los salvajes y los paletos

¿No os extraña el odio al celtismo que muestran muchos intelectuales y politicos en Asturias? Si estáis atentos al asunto, como lo estoy yo, oiréis y leeréis a cada poco un nuevo intento de "desmitificar" la idea de que Asturias tiene una herencia cultural, como minimo, parcialmente céltica. El celtismo sin embargo resiste bien los ataques. Representado sobre todo por la revista "Asturies, Memoria Encesa", ha ido depurando con los años una doctrina sofisticada y atractiva. El relato del pasado que nos ofrecen los celtistas es, sencillamente, mucho más rico y más estimulante que el promocionado por las autoridades asturianas en sus publicaciones, exposiciones, museos y universidades. Ellos lo saben y recrudecen sus ataques, como si temiesen la influencia de un puñado de particulares, empeñados en difundir el mensaje celtista y asturianista.

La historia es una herramienta ideológica, tal vez la más importante de todas. Cada sociedad, cada sistema de poder se justifica mediante un cierto relato del pasado. Cuando se acerca un cambio las viejas interpretaciones son desafiadas, sufren revisiones y estallan duras disputas. En Asturias hay al menos dos visiones rivales, la oficial y la celtista, que representan dos posturas politicas que se distinguen en su concepto de la identidad colectiva, de la nacion.
He estado leyendo un articulo que, en esta lucha de ideas, viene a ser toda una batalla. Se titula “Astures y Romanos. Claves para una Interpretación Historiográfica de la Romanización en Asturias”. Lo firman Carmen Fernández Ochoa, de la Universidad Autónoma de Madrid, y Ángel Morillo Cerdán, de la de León. Esta incluido en el libro “Astures y Romanos: Nuevas Perspectivas”, y lo edita el RIDEA: oficialista, por tanto. No voy a analizarlo en detalle, me limitare a recoger las ideas principales.
-La conquista romana de Asturias fue incruenta
-No pertenecer al imperio romano significaba un atraso para los astures.
-Debemos desterrar el mito de unos "indigenas libres y heroicos luchando contra una potencia colonial arrolladora".
-El celtismo es una sandez, y el concepto de "pervivencias culturales" otra.
-Los romanos no tenian un plan para aplastar, asimilar ni uniformizar los pueblos sometidos.

Observaréis que todas estas ideas, en apariencia independientes entre sí, inciden en la misma dirección. Todas reducen el atractivo, el interés de los astures. Los autores del articulo quieren que veamos a nuestros antepasados como unos aldeanos estúpidos, a la invasión romana como una versión antigua del ingreso en la Unión Europea, y a los romanos como los sofisticados madrileños que hoy día nos salvan, pobrecitos paletos, de nuestro irremediable provincianismo. Las atrocidades de las legiones en nuestro país deben ser negadas, minimizadas o al menos justificadas; la historia de esos astures aplastados por el poder imperial se podría convertir en una metáfora demasiado poderosa para la moderna lucha por la dignificación del idioma.

La eterna discusión "celtismo sí/celtismo no" es la piedra que sostiene toda esta bóveda ideológica. Los oficialistas están felices con la idea de una Asturias pobre, aislada y atrasada, que sólo se redime gracias a la pertenencia al Imperio Romano. Los celtistas imaginamos, más bien, un país abierto a muchas influencias, con una historia rica y compleja y que no necesitaba de Roma para integrarse en una cultura tan atractiva y, sobre todo, tan europea como la celta. Los oficialistas confían en que, sin la etiqueta del celtismo, los pobres astures se conviertan definitivamente en un puñado de "indígenas", como les gusta decir, de salvajes pobretones e ignorantes. Ochoa y Morillo, los autores del artículo, no tienen reparo en defender que las excavaciones de época romana tienen muchísimo más interés que las de época castreña (al menos así lo entendí yo).
Quieren triunfar en el pasado como triunfan en el presente. Quieren aplastar la historia de Asturias igual que aplastan su cultura y su idioma. Y lo más gracioso es que, encima, presumen de "rigor científico".

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Wednesday, April 18, 2007

Aquí, como en ningún sitio

Mil veces, no, un millón de veces lo he oído: “Como en España, en ningún sitio”, y punto en boca. Este extraño orgullo es una parte muy importante de la mitología españolista. Se supone que la ineficiencia, la desidia, los chanchullos, son parte de algo bueno: de una filosofía relajada, optimista, “mediterránea”. “Aquí se vive muy bien”, así que no tiene sentido calentarse la cabeza pensando en la corrupción que envenena todo el sistema. “Nosotros sabemos disfrutar de la vida”, luego sólo un tonto se detendrá en minucias como el empobrecimiento de los trabajadores, la creciente brecha entre clases sociales, el desastre del medio ambiente o la desaparición de la identidad asturiana.

El ultimo al que se lo oí tenia buenos motivos para la satisfacción. Cobraba un salario de miseria y trabajaba nueve horas al día en un puesto duro y bajo presión constante. A estas nueve horas añadía tres extras más (¡Doce en total, cada día!) para afrontar una hipoteca y mantener dos hijos. Se las pagaban a menos de cinco euros. Le concedían dos semanas de vacaciones al año y llegó a pasar DOS AÑOS sin vacaciones para arañar cuatro duros mas.
Así disfruta un hombre que se enorgullece de su buen vivir.
Da la impresión de que todo el mundo se esfuerza en ser feliz, por las buenas o por las malas. Todo es alegría fingida, animación forzada. En la radio reinan la marcha caribeña, el batir de palmas del pop aflamencado y las baladas de amor más diabéticas, pero si apagas el aparato y te fijas en las expresiones de la gente, todo el mundo camina por la calle cabizbajo y apresurado.

No sé cómo sería la cosa en otra época, cuando las familias se mantenían unidas y había tiempo libre. Lo que veo hoy es gente que trabaja mucho y descansa poco, empeñada en aferrarse a la clase media aunque gane cada vez menos y tenga deudas cada vez mas grandes. Hay mucha soledad, familias rotas, separados viviendo por su cuenta, titulados que emigran al quinto cuerno, adolescentes medio salvajes que se crían en la calle sin apenas conocer a sus padres, viejos en residencias sociales o como diablos se llamen ahora, pueblos vacíos y ciudades monstruosas. Vivimos entre hormigón, enterrados como en un nicho. La gente corre a encerrarse en casa cada noche para enchufarse a una tele mas estúpida cada vez. Y el sistema político, que nunca fue una maravilla, se ha deteriorado hasta convertirse en un engaño perfecto, con la brillante apariencia de una democracia modelo y un interior impermeable a la influencia de los trabajadores.
Eso sí, los sábados los bares rebosan de gente hasta la madrugada, emborracharse es barato, hay burdeles por todas partes y la droga corre como el agua. Y si te gusta saltarte las leyes, tanto de trafico como urbanísticas o medioambientales, raro será que la policía te moleste. ¿Será eso el “vivir bien”? ¿Se referirán a eso los del “Como España, en ningún sitio”? Pues viva España, oiga.

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